Das un paso, le dices: tenemos que hablar.
Él camina, tú dices: siéntate, es sólo una charla.
Él sonríe amablemente otra vez,
tú lo miras con educación, directamente a la cara.
Hay una ventana a tu derecha, mientras él va por la izquierda,
y tú te quedas a la derecha, entre la línea del miedo y la culpa.
Empiezas a preguntarte por qué viniste...
¿Qué hice mal?
He perdido a un amigo en alguna parte en medio de la amargura.
Me habría quedado despierta toda la noche contigo,
si hubiera sabido cómo salvar una vida.
Hazle saber que sabes más,
porque después de todo, tú sabes lo mejor,
intenta pasar por alto su defensa sin concederle la inocencia.
Haz una lista de todo lo que está mal,
de todo lo que le dijiste...
Y pídele a Dios que te escuche,
y pídele a dios que te escuche.
¿Qué hice mal?
He perdido a un amigo en alguna parte en medio de la amargura.
Me habría quedado despierta toda la noche contigo,
si hubiera sabido cómo salvar una vida.
Cuando él empiece a levantar la voz,
reduce el tono de la tuya
y concédele una última opción:
Pasea hasta que pierdas el camino,
o sepárate de los que has acompañado.
Él hará una de estas dos cosas:
o lo admitirá todo
o te dirá que ya no es el mismo.
Y tú empezarás a preguntarte por qué has venido...
¿Qué hice mal?
He perdido a un amigo en alguna parte en medio de la amargura.
Me habría quedado despierta toda la noche contigo,
si hubiera sabido cómo salvar una vida.
lunes, 19 de octubre de 2009
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