Ayer por la noche conocí a alguien. Alguien que me había estado
vigilando, alguien que me conocía muy bien, quizás mejor de lo
que me conozco yo. Nunca habíamos hablado, pero aunque no la
conocía, yo sabía muy bien quien era. Siempre la he visto de
noche. Alta, preciosa y resplandeciente.
Ayer por la noche no podía dormir. El fantasma de directora de
cine quería un nuevo capítulo y yo estaba demasiado agotada
como para brindárselo. Me incorporé de la cama y me quedé
mirando por la ventana que da al patio. Realmente no estaba
viendo nada, me perdí en la oscuridad y en el reflejo de las
farolas a lo lejos que dibujaban una tela gris sobre los
tejados de las casas de mi alrededor, cuando entonces la vi.
Me estaba mirando y estaba dejando que yo me diera cuenta.
Sorprendida, aparté la mirada, aunque solo fue un segundo,
su hermosura y magnetismo me envolvieron durante varios
minutos. Cuando pude reaccionar me di cuenta. La luna, mi luna,
comenzó a llorar. Yo no sabía que hacer, solo podía preguntarme,
¿cómo era posible que algo tan perfecto conociera la tristeza?
Ella suspiró y para mi sorpresa me contestó a la pregunta. Me
dijo que no le había pasado nada. No sufría por nada personal.
Lloraba por mi, por mi dolor. Pasé por alto su respuesta para
formularle otra pregunta. ¿Cómo has adivinado lo que estaba
pensando? Ella hizo una mueca y me dijo que siempre que quiera
puede saber lo que pienso. Siempre, afirmó. Y no sabes lo que
me cuesta mantenerme al margen cuando te veo sufrir de esta
manera. Inesperadamente sonreí, creyéndome todas y cada una de
las palabras que iba escuchando de su boca. Ella siguió llorando.
La observé durante varios minutos sin saber muy bien que decir.
Su llanto y ansiedad aumentaban por momentos y lejos de
reblandecerme me empezaba a molestar. Entonces comencé a pensar,
vale, estoy triste, he sentido el dolor en mi cuerpo, piel, alma
y hasta en los huesos. Pero por mucho que ella pudiera entrar
dentro de mi cabeza, solo yo sé como me he sentido y como me sigo
sintiendo. No lo entendía. ¿A caso ella sabe algo que yo
desconozco y por eso esta tan desconsolada?
-No - contestó rotunda - Aunque también te diría que no si
así fuese.
-Vaya...eso si me consuela. - Contesté.
- Si estoy así Laura, es porque la culpa me come, tengo
remordimientos y la seguridad de haberte podido evitar tanto
dolor.
-¿De qué estas hablando?
-De lo que yo sabía, de lo que vi durante muchas noches y no te
prevení.
-Vas a tener que explicarte mejor si quieres que te siga.
-De acuerdo...Yo te veía Laura, bueno, os veía. Todas las noches
que salíais os observaba. Al principio me parecíais una pareja
peculiar, pero luego me enamoré de vosotros, como muchos de los
que os rodeaban. Yo os vi en vuestra primera vez en la playa,
y las siguientes veces también, vuestros abrazos porque sí, por
tener que estar cogiéndoos por el hecho de estar uno al lado del
otro. Esa sonrisa que se dibujaba en tu cara cuando él se daba la
vuelta, la sonrisa que aparecía derrepente cuando te girabas y
veías lo bien que se llevaba con tu amiga, esas sonrisas no tienen
precio. Aun así, en aquella época eras tú la que me preocupabas.
Esa absoluta negación a aceptar abrir tu corazón...asusta a
cualquiera. Intentaste que él conociera esa parte de ti, incluso
haciéndole daño. ¿Qué pretendías que no se enamorara de ti? Pues
lo acabaste consiguiendo. Yo estaba tan preocupada por ti que solo
me dedique a ti. Jamás volví a intentar adivinar lo que él pensaba
o sentía. Creí que eso estaba más que claro. Él te dijo que te iba
a esperar y así lo hizo. Os observé todas las noches cogidos de la
mano, mirándoos, divirtiéndoos, entregándoos el uno al otro...no
pretendo hacerte recordar los mejores momentos porque sé que los
peores los superan, y con creces. Solo intento que me entiendas.
Yo siempre he estado presente Laura, pero mirando hacia el lado
equivocado. Os seguía, me colaba por balcones o ventanas si hacia
falta para no perder detalle. Intenté cambiarte, para que por una
vez en tu vida te dieras la oportunidad de sentir, de vivir de
verdad. Y lo conseguí. Te abriste, te dejaste llevar, le creíste.
Te enamoraste. Estaba tan orgullosa de ti que te descuidé. Dejé
de vigilarte, te abandoné a tu suerte creyendo que a su lado era
donde más segura y feliz podías estar. Me equivoqué. Creo que no
hace falta que te diga en qué.
- Ya...Dejaste que él me fuera enamorando sin asegurarte que era
recíproco. Sin asegurarte si quiera que él me convenía o era bueno
para mi. Dejaste que me engañara, que me vendiera un amor que no
iba más allá del placer. Dejaste que me tratara mal, como nunca
nadie había hecho. Dejaste que descubriera al malo del cuento
pensando que ese personaje era el que había adoptado yo. Pero
sobretodo, dejaste que todo eso me diera igual con tal de tenerlo
a mi lado un rato más. Con tal de que me siguiera engañando y por
consiguiente haciendo feliz solo por momentos.
-Lo siento tanto...
-No lo sientas. También dejaste que el solito se descubriera.
Dejaste que la máscara que tenía puesta cayera, la suya de niño
bueno y la mía de tonta enamorada. Aunque para eso haya tenido que
despedazar mi corazón, no importa si el resultado a sido que saliera
de mi vida para siempre. Ahora lo que tienes que dejar es que pase el
tiempo. Un tiempo que cure todas las heridas. Y eso sí, antes de
volver a dejarme a mi suerte y a que cometa la estupidez de volver a
abrir mi corazón...asegúrate que él merece la pena, asegúrate de que
me quiere de verdad.
-Lo haré. Te lo prometo.
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