martes, 15 de diciembre de 2009

Lluvia

Se miró al espejo y no vio más que su reflejo.
Se asustó. ¿Dónde estaba su inocencia? ¿Y su espíritu?
Se estaba volviendo loca, o al menos eso creía.
Luchó con todas sus fuerzas por abandonar ese pensamiento
y la frase que la atormentaba a todas horas y
últimamente con demasiada frecuencia:
Estar solo no es casualidad. Nunca serás como el resto.
Esas cosas no te pasarán a ti.
Comenzó a llorar lamentándose por lo vivido y
por todas esas cosas a las que no le dio importancia
y dejo pasar.
Su respiración se volvió cada vez más incómoda.
Su llanto se convirtió en furia y esta en necesidad.
La necesidad de gritar, gritar tan fuerte como fuera capaz,
y salir corriendo. Correr sin saber dónde ni por qué.
Eran las 12 de la noche, sólo le dio tiempo a coger su abrigo
y salió a la calle lo más rápido que pudo.
El frió le cortaba la cara, tanto que cristalizó sus lágrimas.
El viento le hizo tambalear, pero eso ni impidió
que Kate siguiera corriendo. Y de repente empezó a llover.
La lluvia comenzó a caer como si hubieran abierto un grifo
sobre ella. Llovía tanto que apenas podía ver su camino.
Y de golpe lo tubo claro.
El contacto del agua contra su piel le desveló el misterio.
De pronto, sus lágrimas dejaron de mezclarse con el agua de la lluvia,
sus piernas se detuvieron y una gran sonrisa se esbozó en su cara.
El agua le había hecho sentir viva y purificada.
Había restaurado toda esa mala energía,
y el agujero de su pecho se llenó.
Kate se tranquilizó, se serenó y volvió a sonreír.
Por fin estaba limpia, sana, ágil y joven, se sentía muy joven.
Era el momento de volver, volver a ser ella misma,
de creer en segundas oportunidades, y en terceras, y en cuartas,
porqué comprendió que por muy mal que una se sienta,
tarde o temprano volverá a llover.

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