miércoles, 13 de enero de 2010

Resurección

Y sin pensármelo dos veces salí a buscarte.
Estuve todo el camino hasta donde te encontrabas,
pensando como explicarte lo que pasa.
Por donde empezar, como seguir, que tono de voz usar,
que actitud debía mostrarte...
Quería que supieras lo que has hecho de mi.
La persona en la que me has convertido.
Las lágrimas por tu ausencia,
los nervios al pensar que puedes aparecer,
la decepción al no hacerlo, el miedo a tu rechazo,
el dolor de tu desprecio, pero sobretodo,
hacerte saber que nunca he jugado.
Que me acostumbré a tenerte y que no tuve el valor
para decir las temidas dos palabras que habrían evitado
tu marcha. O almenos, habrían evitado la brusquedad,
las palabras hirientes, las miradas de odio,
y mis lágrimas en consecuencia a tanto desprecio.
Y allí estaba yo, parada frente a ti.
Me disponía a soltarte la parrafada que tanto había preparado,
pero al tenerte delante, solo pude decirte dos cosas.
Que a diferencia de ti, yo no te odio,
pero que sin duda alguna, la decepción es mutua.
Me miraste extrañado,
¿a caso esperabas una lagrimita? ¿una súplica, tal vez?
De eso nada.
Sé que he cometido errores, pero jamás te voy a permitir
que por robar una barra de pan, me condenes a cadena perpetua.
Hace unas semanas creía que estaba mejor,
pues pensar en ti ya no me dolía tanto.
Y como cualquier persona humana volví a caer.
Mi mundo se volvía gris por momentos,
y tu nombre volvía a mi cabeza sin yo poder evitarlo.
Nuevamente ocupabas la mayor parte de mis pensamientos.
Pero como si de un sueño se tratara desperté.
Allí donde mirara únicamente veía la palabra decepción.
Me decepcioné a mi misma.
Soy como una niña caprichosa que ahora quiere
lo que no puede tener.

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